Entonces las vacas de mal aspecto y flacas de carne devoraron a las siete vacas de hermoso aspecto y gordas. Y el faraón se despertó. (Génesis. 1:41:4)
El clima es ingobernable. Pero prevenir las consecuencias de su inclemencia es responsabilidad directa de los que gobiernan desde hace, cuanto menos, unos 4.000 años. Así lo documenta el Génesis, uno de los cinco primeros libros de la Biblia, que configuran el Pentateuco ("cinco rollos", en griego), atribuido nada menos que a Moisés. Se corresponden con los que en la tradición hebrea forman la Torá, La Ley, núcleo de la religión judía.
La tradición judeo cristiana lo refiere en el caso de la interpretación de los sueños del faraón. Se sabe, el gobernante egipcio ve en sueños siete vacas gordas que son comidas por otras tantas vacas flacas, y siete espigas granadas que también son devoradas por otras tantas espigas secas. Y José lo tradujo: vendrían siete años de abundancia, durante los que debía guardarse un quinto de cada cosecha, porque luego sobrevendría la sequía y la carestía. La planificación evitaría la muerte del pueblo. El hijo de Jacob, cuya existencia es datada hacia el 1800 antes de Cristo, fue entonces designado ministro.
Unos cuarenta siglos después, en la capital de la República Argentina, media docena de compatriotas murieron porque llovió. Y a las pocas horas, en la capital de la mayor de las provincias, Buenos Aires, medio centenar de argentinos también perdió la vida por la lluvia. Entonces, la culpa fue de una tormenta inédita, que es igual a que la culpa no fue de nadie. Y los culpables hablaron de unidad, porque los ahorcados no menean la soga en la casa del colgado. Es más: la Presidenta de los $ 800 millones del Fútbol para Todos declaró que el arroyo El Gato, un zanjón a cielo abierto, en realidad está entubado. Cualquier parecido con la realidad, es puro kirchnerismo.
La jefa de Estado se reunió por fin con Daniel Scioli, ese ex motonauta con cara de circunstancia y presupuesto anual de $ 140.000 millones al que la mismísima capital de la provincia se le anegó. Y hubo discursos para postergar las peleas por parte del vacacionante Mauricio Macri, ese empresario con presupuesto público anual de $ 41.000 millones, que subejecutó las partidas para obras hídricas en la ciudad autónoma, donde el arroyo Vega requiere trabajos por $ 150 millones. A él, a quien no lo atiende la Nación, sí lo recibió temprano la siempre oportuna conducción del radicalismo tucumano, que de buscar socios políticos sabe, literalmente, una barbaridad...
Pesadillas
Tucumán tiene la suerte de no inundarse por la desgracia de la sequía. Pero aquí, a diferencia del antiguo Egipto, pasaron los años de la bonanza y no se tomaron las previsiones. La democracia pavimentadora, por todo legado para la posteridad, deja el faraónico edificio de la Legislatura, cuyo metro cuadrado (construido por contratación directa) es la envidia de todos los hoteles de primera categoría de la provincia. Por la misma plata podrían haber realizado el embalse de Potrero de las Tablas, prometido por el oficialismo en 2004, 2005, 2006 y 2007. Las obras se iban a iniciar en 2008, según José Alperovich, que había valuado la inversión total en $ 155 millones.
Pero si ahora no hay agua, es por culpa del clima. No se trata de que el Gobierno no planificara ni de que no invirtiese como era debido para embalsar agua. Las sagradas escrituras, aquí, son textos que vienen del futuro. Y al alperovichismo lo único que se le ocurre es declarar la emergencia hídrica, para seguir concretando contrataciones sin licitación pública. Porque este Gobierno, si algo se toma en serio, es esa extendida falacia según la cual, en chino, crisis significa oportunidad. Por eso esta administración, que declaró la emergencia habitacional para adjudicar obras a dedo y sin ninguna transparencia, usará la plata nacional del Plan Más Cerca para realizar, en los 19 municipios y en las 93 comunas, 134 obras de pavimentación y 126 de cordón cuneta, pero sólo cinco de mejoramiento de viviendas. Esas pesadillas no necesitan de ningún hermeneuta para ser debidamente interpretadas.
Sacrificios
En este subtrópico con estación seca, atrasado cuatro milenios por sus gobernantes, lo que rige es el mito, no la ley. Y no hay ganado comiendo ganado, sino un Estado que procede como si la tierra se tragara a las personas.
Durante la década alperovichista, Paulina Lebbos fue secuestrada y la autopsia confirmó que fue asesinada, pero la causa no tiene ni siquiera un imputado.
El crimen contra María de los Ángeles Verón cumplió 11 años y también sigue impune.
Entonces, así como en Chichén Itzá ("boca del pozo de los brujos del agua", es una de las traducciones que admite en maya) ofrecían sacrificios humanos a la Serpiente Emplumada para que fertilizara sus campos, en Tucumán, los gobernantes de esta boca del pozo donde desaparecen mujeres quisieron ofrendar jueces para saciar la sed de justicia.
Porque los camaristas que dictaron sentencia absolutoria en el caso Verón, más que a un mecanismo de destitución, fueron sometidos a proceso de expiación.
A la hora de juzgar un crimen ocurrido durante el mirandismo, a partir de la instrucción practicada bajo responsabilidad de la policía, de los funcionarios judiciales y de las autoridades políticas del alperovichismo, los magistrados no hallaron pruebas para condenar a los imputados por el secuestro, el sometimiento a la prostitución y la desaparición de la hija de Susana Trimarco. Y el Gobierno, antes de que repararan en su responsabilidad, decidió que si la culpa no era de los que habían sido juzgados, entonces era de los juzgadores.
Pero en su torpeza institucional, ni para ofrecer sacrificios sirve el alperovichismo. La Justicia le fue apagando en cuotas la hoguera que había encendido. Primero, la Cámara en lo Contencioso Administrativo anuló el decreto por el cual Alperovich rechazó la renuncia de Emilio Herrera Molina. Y luego ordenó detener las actuaciones en su contra. Al planteo de los abogados Arnaldo Ahumada y Roberto Toledo, la Casa de Gobierno contestó con un expediente adulterado: le habían arrancado el dictamen de Fiscalía de Estado, según el cual sí corresponde aceptar la dimisión y jubilar al camarista.
O sea, no destituirlo por haber procedido y votado exactamente igual que Eduardo Romero Lascano y Alberto Piedrabuena.
El jueves, finalmente, advino el mazazo. La Corte hizo lugar a una cautelar de Romero Lascano (a la que se sumó Piedrabuena), y ordenó suspender el proceso acusatorio también contra ellos dos. Los abogados Julio Rougés (terror de los enjuiciadores políticos) y Rodolfo Burgos (plaga bíblica para el alperovichismo) plantearon que la conformación del Jurado de Enjuiciamiento para el linchamiento de los jueces era inconstitucional. Hicieron hincapié en que Daniel Posse y René Mario Goane, siendo miembros del CAM (consejo que propone jueces), fueron también designados en el jury (que destituye jueces). Algo que el sentido común no entiende y, sobre todo, que la Constitución de Tucumán prohíbe.
Cenizas
No se trató de otro papelón del alperovichismo.
Los más básicos principios de la legalidad y de la república estuvieron a punto de arder en la pira sacrificial del oficialismo.
Para el caso, la Legislatura sí se prendió fuego. Entre la obsecuencia fanatizada de unos, y el silencio domesticado de otros, la mayoría alperovichista de la comisión de Juicio Político (presidida hoy por quien era vicegobernador cuando desapareció Marita) avanzó ciegamente en la acusación, incinerando la propia tradición de esa comisión legislativa: la única con rango constitucional. Apartándose del historial, actuaron contra magistrados de una causa (el caso Verón) que aún se encuentra en grado recursivo, por apelación del mismísimo Estado que la Legislatura conforma.
Como lo advirtió el Grupo Alberdi, pusieron la Constitución Nacional en la banquina y ultrajaron la independencia de la Justicia. Las sentencias se evalúan y corrigen dentro del ámbito de tribunales: los otros poderes no tienen por qué entender en las causas pendientes ni restablecer las fenecidas, "directa o indirectamente", dice la Carta Magna federal. Que FR votara al revés del alperovichismo, invocando la defensa de la Constitución (y que la Justicia, indirectamente, le diera la razón), es una derrota inolvidable para el Gobierno "K".
Una pregunta surge de esas cenizas. Si los camaristas del caso Verón, por un fallo que no se ha probado que no esté ajustado a derecho, incurrieron en falta de idoneidad para el alperovichismo, ¿qué cabe para la Corte que designó a Posse y a Goane en el jury, abiertamente en contra de la prohibición constitucional?
Fracturas
Pero lo que estuvo a punto de sacrificar la Casa de Gobierno es infinitamente más grave que el ultraje a la jurisprudencia de la comisión de Juicio Político. El alperovichismo estuvo a punto de concretar, por exigencia de la Casa Rosada, una condena sin pruebas en contra de tres tucumanos. Y de eso no hay retorno. Mucho menos para el régimen que, por voluntad propia, ya abrogó la alternancia en el poder, la licitación pública, la división de poderes y la responsabilidad de los actos públicos.
Allí, probablemente, el alivio que exhibió el jueves el oficialismo, a través de un gobernador que se mostró tranquilo por no haber tenido que fracturar irremediablemente el Estado de Derecho. Pero ahora, el mandatario debe vérselas con el kirchnerismo. Y explicar por qué la Justicia que él colonizó, en un fallo con votos de camaristas que él nombró, ha tronchado la voluntad presidencial. Por eso, él pasó de la calma vespertina del jueves a la indignación matutina de ayer.
Es que ha quedado expuesto lo que el gobernante siempre se obsesionó por ocultar: la debilidad de su régimen. El alperovichismo, ni remotamente, puede hacer todo cuanto quiere. Ni ganar todo lo que disputa. Ahora lo saben los tucumanos. Y, por supuesto, lo ignora la oposición.
Por lo mismo, tampoco puede solucionar los más básicos problemas de los tucumanos, que ya ni siquiera se vinculan con el clima, sino con la prestación de servicios fundamentales, como la seguridad. Y en eso, la culpa no es de ministros ni asesores. Porque hace 4.000 años, al plan para superar la carestía por venir la diseñó el interpretador de sueños. Pero al sueño lo tuvo el faraón.